Sin legitimidad social, la minería será siempre conflicto

La minería es una actividad de relevancia económica por su carácter contracíclico, sin embargo, eso no ha sido suficiente para garantizar estabilidad en su entorno. ¿Por qué una actividad legal, fiscalmente contributiva y estratégicamente necesaria enfrenta tanta resistencia social? La respuesta no está en los números, sino en el déficit estructural de legitimidad social.

La desconfianza no nace del vacío. Se alimenta de ignorancia sobre los procesos extractivos, ausencia de pedagogía social y pasividad ante campañas de desinformación. Cuando el relato lo imponen actores políticos o ambientalistas sin rigor, ignorando que toda actividad intensiva genera pasivos, se siembra el conflicto. A ello se suma el cinturón de pobreza que rodea muchas zonas mineras, o quienes agitan el descontento buscando beneficios personales.

Es importante comprender que donde falta un marco de legitimidad social, toda licencia legal queda expuesta a la erosión moral de la sospecha, y al cuestionamiento constante, que dificulta las operaciones. 

El verdadero problema es más profundo: no se ha comprendido que la legitimidad social no se compra ni se firma, se construye. Y se construye cuando las comunidades no son vistas como espectadores ni como amenazas, sino como actores integrados al modelo de negocio. Esto implica, de entrada, abandonar la visión asistencialista, dar porque “hay que dejar algo”, y comprender que no se trata de beneficencia, sino de responsabilidad empresarial con propósito estratégico. Es la creación o impulso de una economía circular que genere empleo, estabilidad y prosperidad reciproca. 

Confundir beneficencia con responsabilidad social es una trampa peligrosa. La primera es un gesto aislado; la segunda, una arquitectura de relación. Una tranquiliza conciencias; la otra construye confianza. Una desaparece con el presupuesto; la otra perdura en el vínculo. Cuando una empresa minera opera bajo una lógica de sostenibilidad integral, su acción social no es cosmética, sino estructural: busca legitimarse territorialmente a través de la construcción de identidad compartida.

Más grave aún es confundir informar con comunicar. Informar es anunciar lo hecho, comunicar es escuchar, dialogar, comprender y co-crear sentido. La comunicación comunitaria no es un apéndice operativo, sino una condición esencial para la sostenibilidad. Es crear el espacio común a través del dialogo, esa es la esencia de la política social que viene acompañada de una necesidad de establecer reglas claras, porque si no crean espacios donde las diferencias puedan tramitarse sin devenir conflicto, otros lo harán y probablemente contra ella.

Dejar ese espacio vacío equivale a ceder poder., sin un marco legítimo de actuación, la narrativa dominante será la del agravio. Y lo que comienza como resistencia puede escalar a ingobernabilidad, aunque se han hecho enormes esfuerzos por generar confianza, aun nos falta, porque se trata de convivir con legitimidad. Ese es el nuevo lenguaje del desarrollo: sostenibilidad ambiental, viabilidad económica y gobernabilidad social.

Si este enfoque le resulta incómodo, probablemente sea urgente que requiera una estrategia. Si le parece provocador, quizás sea momento de conversarlo. Porque sin legitimidad, toda licencia es provisoria. Y todo negocio, eventualmente inviable.

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