Arquitectura que protege salud y desempeño
“La sostenibilidad no garantiza, por sí sola, bienestar ni condiciones saludables.”
Sachi Hoshikawa
Educada en República Dominicana y formada en Japón y Harvard, Sachi Hoshikawa dirige SABI, una firma con sede en Nueva York especializada en fases tempranas de desarrollo inmobiliario y en consultorías de materiales saludables. Con acreditaciones LEED AP BD+C, WELL AP y Living Building Challenge, ha asesorado a propietarios en mercados altamente exigentes, guiando decisiones críticas que definen más del 70 % del desempeño ambiental, operativo y financiero de un proyecto. Su trayectoria combina rigor técnico, experiencia multicultural y un liderazgo orientado a elevar la coherencia entre sostenibilidad, bienestar humano y valor del activo. En esta entrevista comparte cómo la gobernanza disciplinada y la evidencia científica están redefiniendo la inversión sostenible.
Desde su experiencia entre Japón, Estados Unidos y República Dominicana, ¿qué brechas fundamentales observa en la manera en que cada país integra la salud, la sostenibilidad y el bienestar en el desarrollo inmobiliario?
La sostenibilidad no garantiza, por sí sola, bienestar ni condiciones saludables. Esa diferencia explica gran parte de las brechas observadas entre Japón, Estados Unidos y la República Dominicana. En muchos mercados todavía se privilegia la reducción del impacto ambiental sin considerar los efectos a largo plazo sobre la salud humana, en parte porque la agenda ambiental surgió antes que la del bienestar.
Japón es el contexto donde esta integración es más coherente. La salud, la sostenibilidad y el bienestar forman parte de una cultura de diseño y operación, sustentada en normas rigurosas, eficiencia térmica, gestión del agua y mantenimiento preventivo. La sostenibilidad se vuelve casi invisible porque está integrada en la vida cotidiana y en un enfoque cultural que prioriza resiliencia, compacidad y uso responsable de recursos.
En Estados Unidos, la integración es sólida pero más dependiente del mercado, la regulación estatal y la estructura interna de cada proyecto. Los estándares existen, pero su aplicación varía según el apetito del inversionista y la claridad del proceso decisional. Cuando la estructura interna del proyecto es sólida, la coherencia se sostiene; cuando no lo es, la sostenibilidad y el bienestar suelen ceder ante presiones de costo o cronograma.
En la República Dominicana, la conversación avanza, aunque persisten brechas en métricas, medición y planificación. Sin embargo, se percibe un interés creciente por adoptar análisis temprano, mayor claridad en la dirección de proyectos y una coordinación técnica más disciplinada. Esta evolución abre la puerta a elevar la calidad del producto inmobiliario y alinearlo mejor con las expectativas internacionales.
En conjunto, mi experiencia confirma que integrar salud, sostenibilidad y bienestar depende menos del nivel de desarrollo económico y más de la solidez con que se gestionan las decisiones. La coherencia se logra cuando el propietario cuenta con un proceso disciplinado que protege la visión desde la planificación hasta la construcción.
SABI interviene en la fase donde se define la mayor parte del desempeño de un proyecto. ¿Cuáles son las decisiones tempranas que considera innegociables para garantizar resultados sostenibles, saludables y financieramente viables?
En la fase de planificación y diseño se define más del 70 % del desempeño ambiental, operativo y financiero de un proyecto, por lo que las decisiones tempranas son determinantes. Lo esencial es establecer desde el inicio objetivos y métricas claras —energía, calidad del aire, confort, agua, resiliencia y retorno— que permitan comparar alternativas y orientar el diseño hacia resultados verificables, no hacia declaraciones generales. En estas primeras etapas, cada decisión multiplica su impacto, de modo que analizar escenarios de costo y desempeño es indispensable para evitar compromisos que luego resulten costosos o inviables.
Igualmente crítico es contar con una estructura de decisiones sólida y roles bien definidos. La sostenibilidad se diluye cuando la coordinación técnica se fragmenta, por lo que todos los actores deben trabajar bajo los mismos criterios y responsabilidades. Mi labor como representante del propietario es precisamente asegurar esa alineación estratégica, sostener la coherencia técnica y facilitar decisiones informadas que mantengan la visión del proyecto desde su origen.
Usted trabaja con estándares como LEED, WELL y Living Building Challenge. ¿En qué áreas cree que estas certificaciones ya no son suficientes ante las nuevas exigencias de descarbonización, toxicidad de materiales y salud humana?
LEED y WELL se complementan y han sido esenciales para elevar los estándares del sector, pero las nuevas exigencias de descarbonización profunda, transparencia química y salud humana avanzan más rápido que sus marcos. En este escenario, el Living Building Challenge (LBC) es el estándar que mejor anticipa el futuro. Su rigor en la química de materiales —incluyendo transparencia obligatoria, investigación avanzada y listas de alerta que excluyen sustancias dañinas incluso antes de que sean reguladas— lo convierte en la referencia más sólida para proteger la salud.
Además, el LBC introduce una visión verdaderamente regenerativa: propone que los edificios funcionen “como una planta”, generando más energía de la que consumen, gestionando toda el agua en el sitio y utilizando materiales que aporten beneficios netos al entorno. No busca solo reducir impactos, sino crear resultados positivos para las personas y el planeta.
Aun así, incluso estos marcos avanzados deben complementarse con análisis específicos del proyecto. Hoy, las certificaciones son un punto de partida, pero ya no bastan por sí solas. Lograr edificaciones realmente saludables, sostenibles y regenerativas exige decisiones de diseño más ambiciosas, métricas más rigurosas y una dirección capaz de ir más allá del cumplimiento mínimo.
En su consultoría de materiales saludables, ¿qué porcentaje aproximado de los materiales usados hoy en proyectos tradicionales considera que todavía representan riesgos para la salud, y cuáles son los más críticos?
De manera conservadora, estimo que entre un 40 % y un 50 % de los materiales comúnmente especificados contienen compuestos que pueden afectar la calidad del aire interior, generar emisiones nocivas o contribuir a exposiciones crónicas cuya evidencia científica continúa en evolución. Esta cifra no refleja únicamente materiales claramente problemáticos, sino también aquellos cuya composición química todavía carece de transparencia, lo que genera un nivel de riesgo por incertidumbre.
Los materiales más críticos suelen ser aquellos con presencia de compuestos orgánicos volátiles, plastificantes, retardantes de llama, biocidas y otras sustancias incluidas en listas de vigilancia internacional. Entre ellos destacan ciertos adhesivos, selladores, pinturas, espumas aislantes, viniles, alfombras y algunos tipos de mobiliario o acabados fabricados con resinas sintéticas. También representan un reto los materiales que incorporan químicos persistentes o sustancias que la normativa aún no ha clasificado formalmente como tóxicas, pero que cuentan con suficiente evidencia científica para generar preocupación, como ocurre en múltiples categorías incluidas en las listas de alerta y vigilancia del Living Building Challenge.
El problema no reside únicamente en la toxicidad individual de un producto, sino en el efecto acumulado de múltiples fuentes dentro de un mismo edificio. Por eso, la selección de materiales debe abordarse desde el diseño, con criterios de trazabilidad química, transparencia documental y selección preventiva. Las decisiones informadas en esta etapa no solo reducen riesgos, sino que contribuyen a crear espacios más seguros, más resilientes y con un mejor desempeño a largo plazo.
Desde la perspectiva global del desarrollo inmobiliario, ¿cuáles son las tres tendencias que, a su juicio, están redefiniendo el diseño de espacios saludables para la próxima década?
A escala global, el diseño de espacios saludables está evolucionando a partir de tres tendencias claras:
La primera es el reconocimiento de que la arquitectura misma se ha convertido en una modalidad de bienestar: el edificio —su aire, luz, temperatura, acústica y materiales— influye de manera directa en el estrés, el sueño y el desempeño cognitivo. Ya no se diseña solo para albergar actividades, sino para mejorar la salud y el bienestar de sus ocupantes. Incluso los espacios industriales y corporativos —como bodegas de vinificación y edificios de oficinas— incorporan hoy un componente estético y de bienestar cada vez más relevante.
La segunda es la consolidación de un wellness basado en evidencia y cada vez más personalizado. Los usuarios son más informados y exigentes: investigan, comparan y buscan soluciones que realmente impacten su salud. Esto desplaza las amenidades superficiales y exige intervenciones rigurosas, como materiales sin tóxicos, ventilación de alto desempeño, diseño biofílico y criterios sensoriales que regulen luz, sonido y confort. El bienestar deja de ser un valor agregado y se convierte en un componente funcional del edificio.
La tercera tendencia es la verificación continua del desempeño, donde sensores y sistemas inteligentes permiten medir en tiempo real la ventilación, el CO₂, los compuestos orgánicos volátiles, la iluminación y la humedad. Esta transparencia eleva la confianza y obliga a demostrar con datos no con promesas que un edificio realmente funciona como fue diseñado. Además, los sistemas inteligentes permitirán, en un futuro muy próximo, utilizar estos datos para optimizar la operación y reducir significativamente los costos operativos de las edificaciones.
En conjunto, estas fuerzas están llevando al sector hacia una arquitectura más rigurosa, personalizada y basada en evidencia, donde la salud se convierte en un indicador tangible de desempeño y competitividad.
¿Cuál ha sido el aprendizaje más poderoso que le ha dejado representar a propietarios en mercados tan diversos, y cómo esa experiencia ha moldeado su visión sobre la responsabilidad que tienen los líderes del sector al diseñar espacios que influyen en la salud humana?
El aprendizaje más poderoso que me ha dejado representar a propietarios en mercados tan distintos es que la calidad de un proyecto depende menos de la tecnología disponible y más de la claridad y responsabilidad con que se toman las decisiones desde el inicio. Independientemente del país, los propietarios que comprenden el impacto de sus elecciones tempranas tanto en la salud humana como en el desempeño ambiental y financiero logran proyectos más coherentes, más eficientes y resilientes.
Esa comprensión no surge de factores técnicos únicamente; surge de una cultura de gobernanza que reconoce que el diseño es un acto de responsabilidad pública, aun cuando se trate de proyectos privados. A lo largo de estos años, he visto cómo pequeños desbalances en la etapa de planificación pueden amplificarse en costos, riesgos y efectos sobre el bienestar de los usuarios. También he visto cómo, cuando el propietario asume un liderazgo informado, los equipos de diseño responden con mayor rigor, creatividad y compromiso. Esa experiencia ha moldeado mi convicción de que los líderes del sector tienen la obligación de mirar más allá del cumplimiento normativo o del rendimiento inmediato del activo.
Diseñar espacios que influyen en la salud humana requiere una visión que combine evidencia científica, sensibilidad cultural y una ética de cuidado hacia las personas que habitarán esos entornos durante décadas.
En un ecosistema donde intervienen propietarios, diseñadores, ingenieros, contratistas y usuarios, ¿cuál suele ser el punto donde se quiebra la coherencia del “bienestar como eje del proyecto” y cómo se puede reforzar esa gobernanza?
El punto donde más se quiebra la coherencia del bienestar como eje del proyecto es en la transición entre diseño y construcción. Es allí donde metas como aire limpio, luz natural, materiales saludables y confort acústico suelen diluirse por decisiones aceleradas, sustituciones de materiales, presiones de costo o falta de trazabilidad técnica. En esa fase, la intención conceptual se enfrenta a la realidad operativa, y la salud y el bienestar del usuario corren el mayor riesgo de quedar subordinados a urgencias inmediatas.
La pérdida de coherencia rara vez responde a un problema técnico; casi siempre es una falla en la estructura de decisiones. Cuando propietarios, diseñadores, ingenieros y contratistas no trabajan con métricas compartidas, cada disciplina optimiza desde su propio ángulo: el diseño apunta a calidad ambiental, la ingeniería a costo, el contratista a eficiencia operativa. La visión se fragmenta en la brecha entre lo que se concibió y lo que finalmente se ejecuta.
Sostener esa coherencia exige establecer parámetros claros de desempeño desde la planificación y asegurar su continuidad durante todo el proceso. Cuando el bienestar se define como un criterio técnico verificable y no como un ideal aspiracional las decisiones se mantienen alineadas. El rol del representante del propietario consiste precisamente en garantizar esa continuidad: proteger la intención original, validar cambios, coordinar criterios y asegurar que los objetivos de salud y sostenibilidad permanezcan intactos desde el diseño hasta la entrega. Se trata, no de añadir burocracia, sino de crear una estructura que resista las presiones naturales del proceso.
Mirando hacia el futuro, ¿qué capacidades y competencias considera esenciales para que arquitectos y desarrolladores latinoamericanos compitan globalmente en la creación de edificaciones saludables y sostenibles?
Para competir globalmente en la próxima década, arquitectos y desarrolladores latinoamericanos deberán integrar desde el inicio una visión técnica que conecte salud humana, sostenibilidad y viabilidad financiera. El diseño ya no puede basarse solo en estética o normativa, sino en evidencia sobre cómo cada decisión afecta la calidad del aire, el confort, la luz, la acústica y, en consecuencia, la salud y productividad de los usuarios.
La gestión del carbono y la química de materiales será igualmente esencial. Los mercados internacionales exigen trazabilidad y bajo impacto ambiental, lo que requiere dominar análisis de ciclo de vida, entender riesgos químicos y anticipar regulaciones emergentes.
La mayor ventaja competitiva surgirá de la capacidad de coordinar diseño, decisiones y operación bajo criterios verificables y objetivos comunes. En última instancia, la región podrá posicionarse con mayor solidez en el mercado global cuando el diseño se asuma como herramienta de salud pública, eficiencia operativa y confianza para inversionistas.
Factores clave
- Entre 40 % y 50 % de los materiales habituales aún presentan riesgos para la salud por emisiones químicas o falta de transparencia.
- Más del 70 % del desempeño ambiental y financiero de un proyecto se determina en la fase inicial.
- La mayor ruptura del bienestar ocurre en la transición diseño–construcción por sustituciones y presiones de costo.
- El Living Building Challenge se consolida como el estándar que mejor anticipa la química de materiales y la arquitectura regenerativa.
Fortaleza y visión de futuro, el aporte de Sachi Hoshikawa se fundamenta en una ética de diseño que conecta evidencia científica, gobernanza disciplinada y responsabilidad hacia la salud humana. Su trabajo demuestra que la sostenibilidad, cuando se traduce en decisiones tempranas, métricas claras y rigor técnico, puede generar edificaciones más seguras, eficientes y competitivas. Su liderazgo recuerda que cada elección de diseño es, en esencia, una decisión sobre bienestar colectivo. En un mercado que exige transparencia y resultados verificables, su enfoque anticipa el futuro: espacios que regeneran, protegen y elevan la calidad de vida.