Aprender a vivir en el cambio para gestionar la transformación digital
¿Qué nos ocurre cuando nos enfrentamos a un cambio?
Lo más importante, es que nos provoca incertidumbre, una palabra que el ser humano trata de evitar porque no le gusta. Cuando sentimos la incertidumbre, el cerebro se pone en alerta y todo lo nuevo es percibido como un potencial peligro.
Esto nos viene de la parte reptiliana de nuestro cerebro. Un área que aún mantenemos y que heredamos de los primeros homínidos cuando sólo los instintos y los sentidos eran suficientes para sobrevivir a un ambiente hostil. Aquello que no era conocido significaba peligro, por tanto, lo evitábamos o nos alejábamos de ello todo lo que podíamos.
Posteriormente, nuestro cerebro siguió desarrollándose y el sistema límbico se desarrolló como parte importante del nuevo ser en el que nos convertimos. De repente, teníamos emociones que nos hacían tomar decisiones. Aparecieron el miedo, la ira, la tristeza, la alegría, la sorpresa y el asco, que son las 6 emociones principales que todos los seres humanos compartimos. Esas áreas del cerebro siguen en nosotros y tienen una influencia grande en cómo nos comportamos.
Hay muchas personas que piensan, de manera casi atávica, que la tecnología les va a quitar algunas cosas imprescindibles, entre otras, el puesto de trabajo. Me gustaría explicar por qué tenemos estos pensamientos y por qué creemos que lo desconocido será peor y lo rechazamos, sin darle la oportunidad de que haga nuestra vida mejor o de que nos ayude a nosotros mismos a crecer.
Cuando nos enfrentamos a algo que puede cambiar nuestra formar de ver o hacer las cosas, generamos una anticipación negativa, es decir, el cerebro percibe lo desconocido como un potencial peligro y se prepara para defenderse de lo que pueda venir.
A continuación, pasamos al miedo. Miedo a cómo nos irá, ¿sabremos hacer lo nuevo que nos piden? ¿Nos sustituirán y tendremos que hacer algo peor o que no nos guste? o, directamente, ¿perderemos nuestro trabajo?
Tras esta fase de miedo, llegará la ira. “No son justos conmigo, no se han dado cuenta de lo que valgo, no me lo merezco”. El objetivo de nuestra ira será siempre un tercero.
Después de la ira, aparecerá la frustración. “No puedo hacer nada, no depende de mí, estoy solo en esto, no lo voy a conseguir”.
De la frustración paso, casi sin darme cuenta, a la nostalgia. “Con lo que disfrutaba antes en mi trabajo, con lo bien que lo hacía, qué tiempos aquellos…”.
Entonces, debemos elegir entre quedarnos anclados a la nostalgia y no avanzar o decidir superarlo y resetearnos para aprender a vivir en este cambio y en los que seguirán viniendo. Si escogemos esta segunda opción, ¿cómo podemos llevarla a cabo? A continuación, algunas pautas de cómo modificarlo.
- En primer lugar, debemos dejar de anticipar negativamente todo lo que desconocemos. ¿Cuántas cosas buenas nos han pasado en nuestra vida, que no habíamos esperado o que llegaron de repente? La respuesta para la mayoría es, muchas. Por tanto, aprendamos a reestructurar cognitivamente nuestro cerebro anticipando todo lo positivo asociado a aquello nuevo que nos llega y que cada día será más.
- En segundo lugar, debemos abandonar nuestros miedos. Para ello, hemos de ser conscientes de que más del 90% de ellos no van a ocurrir en los próximos años. Hay diferentes estudios que lo avalan, por tanto, comencemos a vivir la vida que merecemos sin tratar de evitar o luchar contra situaciones que podrían no llegar nunca.
- En tercer lugar, trabajemos el secuestro emocional. Me refiero a ese momento en el que la ira se apodera de nosotros cuando no nos beneficia, pero somos incapaces de gestionarla. Tras ella aparecen siempre la culpa y el arrepentimiento, porque no queríamos mostrarnos así y menos cuando lo hacemos ante las personas que más queremos.
La mejor manera de trabajarlo es siendo consciente de los momentos y las personas que provocan nuestro secuestro emocional para, desde ahí, anticipar en positivo esas situaciones y llegar calmado a las mismas a través de la respiración abdominal profunda y/o la meditación, que son antagónicas a la ira.
- En cuarto lugar, eliminar la frustración, sabiendo que cuando nos encontramos en ella, la enfermedad puede aparecer. La frustración se produce cuando deseamos algo que sabemos que no podemos alcanzar, por tanto hemos de trabajar en ser más realistas, en ponernos objetivos aterrizados y en tratar de dividirlos en pedazos para conseguirlos más fácilmente y mantener así el compromiso con aquello que nos hemos propuesto y que es alcanzable para nosotros.
- En quinto y último lugar, huyamos del pasado, no nos quedemos anclados en él, aunque haya sido maravilloso. Como pasado que es, se quedará ahí, le podremos agradecer que estuvo y que nos hizo bien, pero nuestra mirada siempre ha de estar en el presente y en el futuro.
Si llevamos a cabo estas cinco pautas, seremos capaces de aceptar aquello que nos viene, que no depende de nosotros y sobre lo que no tengo ningún control, es decir, el avance de la tecnología.